¿Es posible vivir haciendo lo que a uno le gusta?

Simplemente sí. Son las creencias impuestas y auto-impuestas desde hace mucho la que nos impide ver y experimentar los frutos del impulso interior que todos llevamos. Cuando a un niño, a temprana edad, se le deja que se exprese en el juego, veremos emerger automáticamente una sonrisa inocente que mostrará la unidad y el respeto por lo que ese ser es. Es una expresión libre.

La confrontación sucede a medida que ese niño va creciendo y se le va privando de todo aquello que su ser le ofrecía como medio de expresión. Hacer lo que a uno le gusta es un acto de confianza y entrega en virtud de su naturaleza.

Si nadamos a contracorriente haciendo con esfuerzo, trabajo u obligación caminaremos hacia la represión interior. Es ahí cuando nos sentimos como flores marchitas a las cuales se les prohibió de luz, agua, tierra fértil. Volver a hacer desde el corazón es recuperar la ilusión del niño. Adentrarse nuevamente a la vida con apertura y alegría, porque ocurra lo que ocurra después, siempre será un efecto de esa expresión, y si ésta es alegre, distendida, realizada... la experiencia será inolvidable.


El Universo se reordena de acuerdo a las coordenadas de nuestra conciencia. Y es cuando esta pregunta desaparece y nace otra más profunda ¿estoy haciendo ahora lo que realmente siento que debo hacer? A esto le llamamos honestidad.

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