¿Por qué es tan duro vivir en este mundo?

Vivimos en un mundo que proyecta el movimiento de nuestro mundo interior y personal. Cuando caminamos y experimentamos todo tipo de eventos que podemos identificar como “negativo”, tendemos a huir de ellos o rechazarlos por las ideas que hay en nuestro sistema de creencias y que nos proyecta hacia un futuro “mejor”.

La cuestión es que el mundo que llegue será igualmente ese reflejo. Una proyección de la relación que tengamos ahora mismo con nuestra vida. Si negamos, rechazamos, huimos de lo que está sucediendo en este momento, continuaremos en ese círculo de victimismo y dolor por no abrazar las experiencias que escenifican lo que en ese instante estamos siendo: cierre y negación, o apertura y aceptación.

Observemos el poder que tenemos para transformar nuestro mundo personal. Si ante una situación difícil nos cerramos completamente: « ¡no quiero vivir esto!, ¡no me lo merezco!, ¡esto es injusto!, ¡yo quiero lo otro! ¡Odio mi vida!... » Estaremos, en ese momento, emitiendo una orden, energéticamente hablando, de negación por la presente forma de vida. Esto conducirá a sentirnos agotados, tristes, deprimidos, impotentes, desolados... porque en el fondo de nuestro corazón habremos dado la espalda a nuestra vida.

Por el contrario, podemos abrir nuestro corazón de par en par y dar una nueva oportunidad a esa experiencia. Escucharla, observarla como si fuera un centro de investigación. Mimándola para aprender de ese periodo difícil. Interiorizando que había una parte nuestra que no amábamos y que por Ley Universal eso tenía que ser manifestado en el plano físico para conocernos mejor.

Es como proyectar en nuestro entorno físico la película con los fotogramas guardados en nuestro subconsciente. Si la consciencia que habita en nosotros, o nosotros en ella, no es consciente de todo lo que es, el Universo lo mostrará durante el camino que dure la experiencia humana como un medio para llevar a la luz de la conciencia todo cuanto es. Y esto es amor profundo desde el respeto y la comprensión por lo que somos.

Imaginemos que observábamos desde arriba las profundidades de un estanque con las aguas calmadas. Apreciamos una moneda de oro brillar en el fondo. Podemos admirar el movimiento y el transcurso natural de lo que allí está ocurriendo sin más. La cuestión es que hubo un momento en el que decidimos entrar en las profundidades para recoger esa moneda.

Con el movimiento, removimos la tierra del fondo modificando el estado natural del agua. Todo empezó a embarrarse y a ser confuso. Y por más que quisimos buscar la moneda o salir del estanque más difícil se hacía porque no veíamos.

Había y sigue habiendo dos formas para vivir: una, intentado salir con el trabajo y el esfuerzo ciego. Aquí aparece la confrontación con la vida, el rechazar este evento. Y la otra, podemos dejar que el movimiento natural e inteligente de la propia vida calme los posos del barro hasta que llegue nuevamente a su origen. Ambas formas son posibles pero sólo una permite transformar la experiencia.

Si no amamos desde la aceptación y la complicidad por estas leyes, volveremos a repetir experiencias difíciles con otros escenarios. Un círculo vicioso que puede detenerse en el momento que despertemos y caminemos un poquito más con la conciencia puesta en la vida presente, y no en las ideas que creemos como correctas. Un movimiento natural y fluido ante lo que ahora esté sucediendo, y desde una postura consciente para iluminar los próximos acontecimientos.

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