Cuando las heridas del pasado vuelven a emerger

Esta mañana me levanté con una sensación extraña. Apenas había terminado la noche anterior el temario para uno de mis nuevos cursos cuando el miedo volvió a aparecer. Es como un fantasma que en ocasiones me visita para mostrarme que algo en mi interior aún no está resuelto.

Este algo es lo que llamo el “yo herido”, es decir, la parte del inconsciente que obedece a las acciones del pasado: en esta vida y en vidas pasadas.

El Universo se mueve cíclicamente, como espirales que avanzan una y otra vez en expansión. Y es que dentro de estos movimientos naturales, solemos vivenciar una serie de sucesos, normalmente, relacionado con las carencias y las lecciones a aprender. Son fases o rachas en las que las heridas internas salen a la luz: tristeza, impotencia, rechazo, soledad… siempre relacionado con creencias, pensamientos negativos o emociones incrustadas en nuestro sistema energético.

Estas heridas aparecen y desaparecen constantemente sobre la superficie, la parte consciente. El poder afrontarlas, liberarlas o sanarlas, dependerá del grado de consciencia que tomemos cuando suceda.

Vamos a poner el ejemplo de la tristeza, una emoción que nos encoge el pecho y nos mantiene encerrado en el limbo de la psique depredadora del ego. Al estar triste y caer en las garras de esta emoción, tenemos dos opciones principales de actuación:

-INCONSCIENCIA: rechazarla, reprimirla o luchar contra ella. Esto lo alimenta en el tiempo y caemos en un círculo vicioso de victimismo: ¿por qué me pasa a mí?, ¿la vida es injusta?, ¿no me lo merezco?, ¿no quiero vivir?...

-CONSCIENCIA: darnos cuenta de que está sucediendo, aceptarlo como una manifestación más de lo que experimentamos como humanidad. Esta opción la libera mucho más rápido, ya que estaremos iluminándonos, llevando consciencia donde ante no la había. Y esto obedece a principios Universales que nos dice que nuestra vida exterior es el resultado de nuestra vida interior.

Ambas formas nos recuerda que somos co-creadores de nuestras vidas siendo o no consciente de nuestras experiencias.

A veces es necesario pasar estas rachas amargas para que surja algo nuevo del interior. Es una especie de reconocimiento, de hibernación o crisálida que nos impulsa a sacar la luz que hay en el interior.

¿Cómo superar este miedo? Hemos visto que tomar consciencia de ello es lo primero.
Ante cualquier situación de dolor interior debemos parar y observar. Preguntarse: ¿qué me está pasando?, ¿cuál es el origen de este dolor? ¿por qué he dejado de sentir la vida dentro de mí?... Sea cual sea las preguntas que nos hagamos, lo importante es escuchar la voz del corazón.

En los talleres de canalización o conexión con los Guías Espirituales, vimos que canalizar es tan sencillo como saber escuchar los pensamientos internos. Canalizamos constantemente y sin saberlo a la vocecilla del ego. Y como sabiduría interior, Superior o inspiradora a la del Ser encarnado.
Y es que cuando paramos y somos honestos con lo que nos sucede, en ese momento el Universo se ponen a nuestro “servicio” para darnos un empujón. Entonces escuchamos: ¡siento dolor porque no me atrevo a ser como yo quiero!, ¡deseo hacer lo que me gusta!, ¡necesito gritar, dar expresión a la rabia que siento!, ¡tengo miedo a que me rechacen y quedarme sola!...sea lo que sea será bien recibido.

A partir de ese momento, nuestro “yo herido” es escuchado, es atendido. Es como el bebé que llora sin parar, y que a pesar de haber cubierto sus necesidades humanas, lo abrazamos y damos todo nuestro amor.

El dolor amaina, puede ser experimentado y aceptado, aunque no nos guste, pues nadie quiere sentirse triste, solo, impotente… pero hemos llevado luz a nuestra inconsciencia, y ésta es transformada en consciencia. Nos expandimos y avanzamos mucho más rápido.

Hay muchas herramientas para lograrlo:
-Tenemos la plena consciencia, presencia y observación sin juicio.
-Decretos, afirmaciones o mantras como en el hoponopono: ¡lo siento! ¡perdóname!, ¡gracias!, ¡te amo!. Una de las prácticas más potentes de las que disponemos y nos ayuda a amar y disolver al “yo herido”.
Ejemplo:
“Yo herido”, ¡lo siento! ¡perdóname!, ¡gracias!, ¡te amo!.
“Yo herido”, ¡lo siento! ¡perdóname!, ¡gracias!, ¡te amo!.
“Yo herido”, ¡lo siento! ¡perdóname!, ¡gracias!, ¡te amo!.

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