El motor de la vida: el Corazón

Os animo a que viajéis hacia el corazón. A veces, esta palabra pierde todo su contexto cuando se reutiliza de un modo automático y banal.  Pero, qué se esconde detrás de este centro motor que nos mantiene en vida y, durante, nos regala el sentimiento de amor.

Nuestro centro cardiaco es un lugar mágico, todo un misterio para la ciencia, y un mundo aún por recorrer desde una perspectiva más espiritual. Es significativo cómo corazón es el símbolo del amor, la unidad, la alegría. En nuestra cultura y desde antiguas enseñanzas era vital encontrar la alquimia. El santo grial que nos permitiría experimentar la vida eterna, resolver el misterio de la vida, expandir nuestra conciencia. Se creyó que era un “algo” a tener, cuando realmente es un espacio a reconocer.

Más allá del órgano físico: el corazón, hay todo un abanico de configuraciones energéticas, que curiosamente están sintonizadas con el equilibrio, el núcleo, el centro. El ejemplo más conocido es el 4º chakra, un vórtice energético que nos permite aunar los centros inferiores (1º, 2º y 3º chakra) y más terrenales, con los centros superiores (5º, 6º y 7º chakra) y más espirituales. También se encuentra la chispa divina o el asiento del alma, el espacio físico de la esencia que somos…

Cuando vamos con la intención al corazón físico y energético, es como entrar en un espacio oscuro, como adentrarse en un túnel. Al principio no se sabe cómo ir más allá, porque no se percibe o se siente nada en cuestión.

¿Qué hacer entonces? Lo primero es desapegarse de la mente. Si el ego está actuando plenamente, será imposible sentir o percibir esos campos energéticos que hay en el corazón. Para ello, la observación, el acto de ser consciente en este centro es fundamental. Cuando nuestra conciencia reposa allí, la atención hace que nuestra energía se unifique con esta parte observada. Es como mirar el horizonte sin ser capaz de avanzar más, pero hay algo en el interior que nos invita a que miremos y, mientras, se abre un estado de gozo especial: disfrutamos sin más.

Igualmente, con esta intención nos dejamos llevar, avanzando poco a poco. Nos permitimos sentirnos muy adentro, nos permitimos ser especiales por un momento y continuamos.

Es una experiencia extraordinaria, porque justo en el momento que esa entrega o acto se hace evidente, comienza a surgir lo “inesperado”: nos sentimos vivos, el aroma del Universo comienza a llenarnos, a nutrir nuestra inconsciencia con amor. Nos hacemos grandes y nuestro poder se dispara. Porque justo en ese momento, nuestro Ser, espíritu o conciencia se reconoce así mismo como hijo de la madre Tierra y del padre Universo, la Fuente, Dios… o como queramos llamarlo.

Es un reconcomiendo que conlleva una expresión: ¡GRACIAS!, es volver a ese hogar del que un día partimos como seres valientes que por voluntad propia eligieron viajar hacia los planos físicos para impulsar este mismo recuerdo: seres espirituales experimentándose desde la creación.

Nos hemos acostumbrado a ir al fisioterapeuta cuando nos duele la espalda, recibir acupuntura cuando estamos bloqueados, ir al psicólogo cuando nos deprimimos, comer sano cuando nos sentimos enfermos… pero, dónde está ese momento en el día para sentirse, para reconocerse, para expandir el ser multidimensional que somos.

Ahora, mientras escribo estas palabras me emociono. Es la reacción “lógica” al sentimiento de amor que brota en mi pecho. Es escuchar a mi Ser diciéndome: ¡estoy aquí, nunca me fui, gracias por recordarme! Y es que todo se viste con tonos de paz, tranquilidad, felicidad… y sobretodo: ganas de seguir viviendo.

¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! Es todo cuanto se puede decir cuando se siente la luz de nuestro motor: el corazón.

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