Auto-Sanación y Co-creación Consciente 3ª parte


Hemos dicho que el corazón es el asiento de nuestra conciencia, y la conciencia es la experiencia profunda de nuestra naturaleza. Si somos conscientes, estamos abiertos a sentir la vida. Si somos in-conscientes, no queremos sentir la vida, rechazamos el canto del corazón y lo bloqueamos.

Aquí el ego nos domina y como resultado nos sumergimos en el sufrimiento. Y es que el sufrir es no atreverse, conscientemente, a sentir. A sentir la experiencia que aparece ahora. Si no lo hacemos, comprimimos el corazón y comenzamos a vivir una experiencia condicionada por las apariencias, las creencias y los actos automáticos. Literalmente estamos muertos en vida.

La cuestión es que puede ser toda una odisea salir de este círculo vicioso de victimismo o ceguera, porque al menos que logremos desapegarnos de nuestra mente condicionada por el ego, será imposible dar el primer paso hacia esa libertad tan ansiada.

El “desap-ego” será un proceso crucial para sentir la vida tal y como se nos presente. Si dejamos de identificarnos por la mente, lograremos escuchar lo que de verdad sentimos. Y puede que sea algo que no queramos sentir, pero que debemos de hacer si deseamos dejar de sufrir.

El sufrimiento es un hecho ilusorio, aunque “real”, como humanidad. Ya lo decía el Buda cuando afirmó que en este mundo existe el sufrimiento. Pero este sufrimiento es sólo una reacción al rechazo de lo que sentimos.

Imaginemos que nos encontramos en un escenario donde hay una disputa familiar. Aparece nuestro padre en escena echándonos una reprimenda por no haber estudiado lo que él creía que sería lo mejor para nuestro futuro. Podemos participar mentalmente recriminándole que nunca nos dejó hacer lo que queríamos. El ambiente se oscurece un poquito más y terminamos enfadados y sin hablarnos durante una buena temporada.

Para darnos cuenta de la parte esencial de esta experiencia debemos avanzar un poquito más hacia arriba y observarlo con los ojos del águila, ya que de lo contrario, nuestra visión será muy corta y continuaremos identificados con el ego:

-1. El aspecto físico de lo sucedido: mi padre y su tiranía.
-2. Las creencias: si no hago lo que me dice mi futuro será desolador. El mundo no confía en mí. No puedo hacer lo que quiero.

La visión panorámica es que más allá del escenario y lo que yo crea que está ocurriendo, mi realidad es que está emanando desde mi corazón una serie de emociones. Emociones que ni me imaginaba que estuvieran allí, porque, nuevamente, tengo la creencia de que todo lo que me ocurre genera o crea una reacción emocional. La cuestión es que las experiencias no están para crear emociones, sino para despertarlas. Y repetimos: las experiencias no están para crear emociones, sino para despertarlas.

Porque como humanidad llevamos en nuestro cuerpo emocional las semillas de todas las emociones imaginadas y por imaginar. Son como códigos insertados en nuestro interior y que aparecen en el momento que algo, normalmente, externo lo motivan. Lo sacan a la luz.

Así que tenemos una experiencia física, en la cual puede ser protagonizada por nuestro padre, como igualmente pudiera serlo por nuestra pareja, nuestro jefe o el político de turno. Además de un aluvión de creencias “absurdas” producto del inconsciente colectivo en el que he nacido y yo como pensador voy incrementando. Así como todo un abanico de emociones que están en mi interior como pequeños granos de maíz a punto de transformarse en palomitas.

Si nos identificamos con los hechos y las creencias, sufriremos, porque estaremos rechazando todo lo que en ese momento estamos sintiendo. Y es que como no nos creemos que esas emociones ya estaban en nuestro interior, el ego se encargará de retroalimentar el sufrimiento con más pensamientos destructivos y con más oportunidades para manifestar nuestro conflicto.

El ego puede ser mostrado como un programa automático y depredador, pero visto desde la posición del águila puede verse como una oportunidad para sanar o liberar las emociones atrapadas que no hemos querido sentir durante nuestro trayecto como humano. Aquí es cuando tomamos conciencia de la unidad dual de las cosas.

Por un lado creímos que la oscuridad era algo que debía ser ocultado: no puedes enfadarte, deprimirte es malo, no estés triste…, y que la luz era el camino correcto: tienes que ser bueno, haz caso de lo que te digan los mayores, sé un hombre de provecho…

Pero como la vida es sabiduría en movimiento, nos va mostrando con cada paso que eres “bueno”, pero que también eres “malo”, y que cuando eres bueno, es porque has creado una personalidad, un Yo para ser representando de cara al mundo, y un malo, malísimo, que debes ocultar en tu interior. Pero por mucho que representes este papel y ocultes esa realidad interior, al final, cuando ya no puedas más actuar, aparecerá la vida vestida de papá, de mamá, de esposo, de vecino, de diputado… para, a través de escenarios, mostrar la verdad que hay en ti.

Y es cuando saltan los fuegos artificiales, pasamos del niño llorón, al niño iracundo. Y al menos que te des cuenta de que todo es una farsa y al mismo tiempo una oportunidad para sentir esa variedad de semillas que llevas en tu interior, estarás reprimiendo la vida, y te hará sufrir.

Así que lo más lógico, haciendo un buen uso de la mente, es parar, desapegarte de lo físico y de tus creencias, y adentrarte en el mundo de los sentimientos. Porque en el momento que lo hagas tu mundo, el caótico, será transformado por otro que esté en sintonía con lo que sientes de verdad, no lo que reprimes. Y esto es un mundo compasivo, donde todo es posible, donde la unidad incluye los opuestos. En resumen, un pasito más en la expansión de nuestra conciencia.

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