UNA INVITACIÓN A DEJAR DE LUCHAR

Intensa la experiencia que estamos viviendo en nuestros días. Son tiempos para parar y conocernos más profundamente.
Es curioso cómo nos cuesta entender la importancia de este puente que se nos ha dado para romper con la dinámica que llevamos arrastrando desde hace muchísimo tiempo. Y es que el mundo que conocemos siempre será una representación de lo que cultivamos en nuestro interior. La cuestión es que nos perdemos en las formas externas, unas arrastradas por el miedo y otras motivadas por el anhelo.

Son días para dejar de hacer, dejar de querer, dejar de intentar luchar contra la vida misma, incluso, por muy hermoso y esperanzador que sea el mañana, debemos dejar de proyectarnos, porque el hombre sólo entiende de polos, de dualidad, de bien o mal, de luz u oscuridad. ¿Qué ocurriría si por una vez soltásemos toda proyección para hacer uso de la invitación presente y confiar en la voluntad de nuestro Ser? ¿Os imagináis experimentar la creación de Dios sin los filtros de nuestra mente polarizada? Exacto, sería vivir el “cielo en la Tierra”.

Cuánto daño llevamos arrastrando por una simple creencia: que estamos separados de Dios. Nuestra experiencia presente es el eco del control, la lucha, el esfuerzo, la carencia, la necesidad… son frutos de la locura de nuestra mente condicionada que sólo entiende de miedo, culpa y castigo. El secreto es este: jamás vivirás una experiencia que provoque sufrimiento y que nazca de tu Ser. Así que observa detenidamente qué sientes y reconoce que es obra tuya y como inconsciente colectivo de esta mente absoluta de la cual todos formamos.

Si sufres es porque estás dándole todo tu poder a lo falso, a lo que se proyectó por inconsciencia, por no reconocer quién eres en esencia. La paradoja es muy simple: utilízalo para retornar a lo auténtico, para recordar cuál es tu hogar y dejar que el Universo opere como un proyector de tu libre elección. Este es el propósito existencial de todos: elegir a cada instante.

No sabemos vivir, se nos olvidó hace muchísimo tiempo. La cosecha del hoy es lo que sembramos ayer. Suéltalo, porque no te pertenece tal cometido. Deja de querer cambiar las cosas, deja de emitir querer vivir un futuro venidero, un mundo mejor lleno de luz y felicidad, porque cuando ello ocurra ya se estará forjando la contraparte, y nuevamente el ciclo de inconsciencia se repetirá. La guerra de las Galaxias sólo existe en una mente dividida, porque visto desde la mirada de nuestra Conciencia sólo hay unidad, puro gozo por Ser.

Claro está, esto no puede pensarse, es imposible, sólo a medida que vayamos soltando todo este control autoimpuesto por nuestra arrogancia, podremos sentirlo. El Amor del que hablo es incondicional y no entiende de conceptos, sólo de reconocimiento pues forma parte de la naturaleza que somos.

Sí, son tiempos para descansar, es el momento para dejar de hacer, y no lo confundamos con ser pasivo, sino de fluir a cada momento con la experiencia sin perder el rumbo de lo real, pues recuerda, si no estás en paz es porque estás experimentando tu propia creación basada en la creencia de estar separado de tu fuente. Suelta ese peso, siente todo tu dolor y entrégaselo a Dios. La respuesta será automática: Paz interior y todo un abanico de posibilidades llenas de pura creatividad.

Olvida tu futuro y entrégate al ahora. Sé responsable de lo que tú vives con respecto a lo que detona tu experiencia externa. Si sientes pánico, deja de resistirte a ello y siéntelo hasta las entrañas. Si sientes preocupación, para un segundo y conecta con todo ese dolor. Si sientes impotencia, vuelve a tu cuerpo y permítete abrazar todo su sufrimiento. No huyas, no tires más piedras en tu propio tejando y haz un ejercicio de humildad.

Eres inocente, siempre lo fuiste. Creíste que podías caminar solo, perdido en un mundo que constantemente te atacaba. Da igual lo que hayas experimentando por muy bello o cruel que haya sido. Era el fruto de tu perdición. Permítete iluminarte a cada momento, entregándote a lo real; siente, entrega y disfruta del gozo de la Vida. ¡Mi Ser, hágase tu voluntad!

Continuamos…
Manuel.

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